martes, 16 de junio de 2009

Ética y bioética







por el Dr. Oscar A. Fernández Rostello
Médico especialista en Ginecología
Profesor en Medicina






on motivo de la lectura de un artículo médico sobre el sentido ético de los procedimientos y acontecimientos científicos que los médicos aceptamos como correctos, olvidándonos de la dignidad humana (y otros valores), de los cuales son portadores nuestros pacientes, nace esta monografía sobre ética y bioética, que parecieran ser entendidos actualmente como términos diferentes, contrapuestos, nacida la una de una fosilizada (y superada) “filosofía”, y la otra llegada de la mano del notable crecimiento de los conocimientos científicos en el terreno biológico en los últimos años.

El autor del artículo de marras defiende la tesis que en los tiempos que corren se ha perdido el sentido ético de los acontecimientos científicos y cada vez es más frecuente que los profesionales sanitarios interpreten una actividad asistencial o investigadora como correcta, al valorar exclusivamente el rigor científico con el que se ejecuta o se diseña, avalada por el Comité de Bioética de su Hospital o Asociación, olvidando cualquier otra consideración derivada de la relación interpersonal e inherente al acto médico.

Se olvida, hoy en día, “que todos los actos médicos tienen dos dimensiones que conviene identificar con el máximo rigor y precisión: el aspecto técnico y la vertiente ética o moral. No hay duda de que para ser unos profesionales excelentes, nuestras intervenciones sanitarias deben ser evaluadas en estos dos sentidos. Es bien sabido que la perfección técnica se valora a través de unos estándares de calidad fundamentados en un riguroso análisis científico; sin embargo, la perfección ética es siempre un asunto extracientífico, ya que la bondad o maldad de cualquier acción viene definida por aspectos inmateriales, axiológicos, que escapan a la metodología experimental del ámbito de la ciencia”. (1)

Para él, la respuesta es muy clara: “el médico debe conocer y aplicar aquellos principios intemporales de la ética humana sobre los que ha existido un claro consenso, por estar fundamentados en una ética natural, a pesar de que hayan cambiado las circunstancias derivadas del progreso científico” (1).

Ahora bien, llegados a este punto, es absolutamente necesario definir que se entiende por Etica, Moral, Bioética, para poder arribar a una conclusión. La distinción entre los dos términos ¿Es una mera cuestión semántica?, o bien ¿Responden a dos cosmovisiones diferentes?.

¿Qué es la Ética?

La Ética (del griego ethika, de ethos, ‘comportamiento’, ‘costumbre’) es el conjunto de principios o pautas de la conducta humana, a menudo y de forma impropia llamada moral (del latín mores, ‘costumbre’) y por extensión, el estudio de esos principios a veces llamado filosofía moral. Me referiré pues a estos términos (Ética y Moral) como sinónimos.

Regis Jolivet (2) aclara que: “Se han propuesto dife­rentes definiciones de la Moral (que también se llama Ética). Muchas de estas definiciones no vale la pena retenerlas por no subrayar con bastante claridad el carácter esencial de la Moral:

a) La Moral es la ciencia del hombre (Pascal): definición demasiado amplia, pues incluye a la psicología, a la historia y a la sociología, que son también "ciencias del hombre".

b) La Moral es la ciencia de las costumbres (Durkheim, Lévy-Brühl) : esta definición no sirve, porque la Moral no consiste solamente en conocer y describir las costumbres, sino en dirigirlas y gobernarlas en nombre de las leyes de la con­ducta moral.

Definición por el objeto formal

Para tener una bue­na definición de la Moral, hay que incluir en ella el objeto formal de esta ciencia (cosa que no hace la definición de Pascal) así como su carácter normativo (cosa que olvida la definición de Durkheim). Diremos, pues, que:

a) La Moral es la ciencia que define las leyes de la activi­dad libre del hombre. También se podría decir, de una ma­nera más explícita, que la moral es la ciencia que trata del empleo que el hombre debe hacer de su libertad para conse­guir su fin último.

b) Otras definiciones: También se puede formular, de modo menos preciso, pero sí exacto, la misma noción diciendo que la Moral es la ciencia del bien y del mal; la ciencia de los deberes y de las virtudes; la ciencia de la felicidad (o fin de la actividad humana), y la ciencia del destino humano.

La Moral es una ciencia normativa. Cuando decimos que la Moral es una ciencia, queremos decir que es un sistema de conclu­siones ciertas fundadas en principios universales.(2) En eso se distingue del sentido moral, que se pronuncia inmediatamente, con mayor o menor certeza, sobre la honestidad de los actos humanos, pero que no es una ciencia, del mismo modo que el buen sentido no es la Lógica. Es normativa en tanto que dirige y gobierna las costumbres.

Se aplica a los actos humanos, es decir de aquellos que pertenecen al hombre en cuanto ser racional (naturaleza del hombre), y, por tanto, proceden de su inteligencia y de su libre voluntad. No todos los actos del hombre son necesariamente actos humanos (por ejemplo, di­gerir es un acto del hombre, pero no un acto humano).

La idea de moral implica el recurso a las nociones de bien y de mal, de deber, de obligación, de responsabilidad, etc., es decir a todo ese conjunto de nociones (nociones de bien y de mal, de deber, de responsabilidad, de mérito, de sanción, de derecho, de justicia), de juicios de valor (hay que hacer el bien y evitar el mal, dar a cada uno lo suyo, etc.), de sentimientos (alegría de deber cumplido, arrepentimiento del deber violado, obligación de reparar, etc.), que forman el contenido de la conciencia moral y constituyen el hecho moral.

El hecho moral se distingue de todos los otros hechos, en que el primero comporta la enunciación de lo que debe ser, mientras que los otros hechos significan simplemente lo que es.

El hecho moral es universal y caracteriza a la especie humana. En todas partes y siempre, los hombres han admitido la existencia de valores morales, distintos de los valores ma­teriales, y se han reconocido sometidos a esas leyes morales, distintas de las leyes físicas y base de un ideal moral. Re­nunciar a estas nociones sería renunciar a la humanidad y descender al nivel del bruto sin razón.

La experiencia ética del hombre está estrechamente ligada a la experiencia de su libertad y del alcance de su libertad. Esta experiencia enfrenta al hombre con diversos modos de realizarse o de cumplirse, de los cuales unos son experimentados como cumplimiento verdadero y otros son experimentados como frustración. Pero ante estas alternativas el hombre no se encuentra indiferente: no le da lo mismo realizarse que frustrarse. El hombre, todo hombre, quiere ser feliz. La cuestión es en qué consiste ese ser feliz. La experiencia, tan frecuente, del desengaño nos muestra que la felicidad no es ningún objetivo de contenido evidente. La gran cuestión de la Ética es justamente determinar qué es eso que queremos y cómo se alcanza. El tema primero y fundamental de la reflexión ética no fue qué actos son los que debemos realizar y cuáles son los que debemos evitar, sino qué es eso que todos queremos. A ese objeto le llamaron los griegos el Bien, que justamente fue definido como "lo que todos quieren". Pero no lo que todos quieren con sus quereres inmediatos y empíricos, en todos sus actos de voluntad, sino "lo que todos quieren en el fondo", es decir, lo que hace que todos queramos cosas o actos como medio para otra cosa, querida en sí misma y definitiva. (3)

“Todos los actos humanos tienen un fin. En efecto, la inteligencia no obra al azar. Las facultades del hombre tie­nen un objeto determinado, que es su fin particular (la verdad es el fin de la inteligencia, la belleza el fin del sentimiento estético, etc.) y están ordenadas al bien total del hombre, que es el objeto de la voluntad.

Esto es propio de los actos humanos. El que cumple estos actos, conoce su fin; el hombre no busca su fin como la piedra o el animal; sino que va tras él conscientemente por el conocimiento que tiene de la relación de sus actos con su fin. Es decir que tiene la noción de fin y la noción de bien, nociones que coinciden, porque la voluntad no puede querer sino el bien. Del mismo modo, el fin o el bien son el principio y el término de los actos humanos: principio, en cuanto que el fin conocido y el bien querido son los que determinan el cumpli­miento de los actos, y término, en cuanto que todas las acti­vidades del hombre tienden a la obtención del bien.

Este designa aquello que es querido por sí y a lo que todo lo demás se subordina a título de medio. El que ama el dinero no lo ama por él mismo, sino por los bienes materiales que procura, y a éstos, a su vez, no se los desea sino como otros tantos medios para realizar un fin más alto y final: único fin verda­dero, que es la felicidad. Él hombre no puede tener pues sino un único fin último.

El fin último especifica los actos, desde el punto de vista moral. Los actos no son sino los elementos materiales de la moralidad: el elemento formal, es decir la manera como los actos proceden de la razón y de la voluntad, en otros tér­minos, el fin último, es el verdadero principio especificador de la moralidad, es decir el que da al acto su especie o su cualidad objetiva, buena o mala. (2)

El hombre busca necesariamente la felicidad, es decir el bien en general, en cuanto se opone al mal y atrae a todas las voluntades. La felicidad: he ahí el soberano bien.

Pero, si todos los hombres desean necesariamente la felicidad como el soberano bien, no todos están de acuerdo en poner la feli­cidad en los mismos bienes concretos: unos creen encontrarla en los bienes corporales, otros en el ejercicio de las facultades intelectuales, otros en la virtud y otros en el conjunto de los bienes finitos, etc.

Entonces, frente a estos fines últimos subjetivos, finitos, perecederos, y diferentes para cada hombre concreto, ¿Cuál es, objetivamente el verdadero bien, fuente de verdadera felicidad, imperecedero, inmutable y asequible a todos los hombres?. La respuesta es una sola: Dios solamente es nuestro soberano bien, porque sólo Él realiza el perfecto bien que concibe la inteligencia y al cual aspira la voluntad.(4)

El primer problema con el que debe enfrentarse, y con el que de hecho se enfrentó históricamente la reflexión ética, es el problema de la multiplicidad, divergencia e incluso oposición, de pautas éticas, es decir, las tremendas diferencias de opiniones vigentes en las diversas sociedades entre lo que es bueno o es malo, entre lo que debe hacerse o lo que no debe hacerse. Con frecuencia, este argumento es esgrimido contra las pretensiones de objetividad o validez universal de las exigencias morales concretas. Pero ése es un argumento débil, pues la doctrina que sostiene la validez universal de las normas éticas no está edificada sobre la ignorancia de la realidad de esa multiplicidad, sino que está edificada explícitamente sobre ella (5).

Fue la apertura de las sociedades antiguas, con la advertencia de los fuertes contrastes en las conductas de los pueblos, lo que planteó la necesidad de abandonar el criterio de lo ancestral -"lo que siempre hemos vivido"- como el criterio de rectitud, y buscarlo en la naturaleza del hombre y de las cosas. Fueron los griegos los que al advertir esa divergencia no se limitaron a condenar las conductas de los demás sino que quisieron compararlas con la propia, para ver cuál de esas conductas era más humana, más digna del hombre. De este modo abandonaron los mitos como explicación y fundamento de la conducta y de los modos de ser de los pueblos y dirigieron su mirada a la humanidad del hombre y a la realidad de las cosas y del mundo, para encontrar la medida adecuada para el comportamiento humano. Este fue el descubrimiento del concepto naturaleza, que significó el inicio de la Filosofía y concretamente el origen de la noción del derecho natural. (3)

La ley natural es la ley que el hombre conoce por la luz natural de su razón, en cuanto está implicada en la naturaleza de las cosas. Es una participación de la ley eterna en la criatura racional, una impresión en nosotros de la luz divina, por la que nos es dado distinguir el bien y el mal.

La conciencia nos atestigua claramente la existencia de la ley natural. En efecto la inteligencia no puede menos de pronunciar ciertos juicios y tampoco puede dejar de considerarlos como evidentes, sea cual fuere la oposición que encuentren por parte de nuestras pasiones y de nuestros prejuicios: “Hay que hacer el bien y evitar el mal” (primer principio de la moralidad), “hay que decir la verdad, respetar el bien ajeno, ser fieles a las promesas, etc.”. Todos estos juicios se nos presentan como expresando obligaciones morales, de las que no podemos sustraernos sin que nuestra conciencia nos lo eche en cara. A este conjunto de juicios prácticos universales llamamos ley natural (o derecho natural).(14)

Hasta aquí todo lo expuesto y citado configura lo que se da en llamar Moral general, es decir las normas de conducta a que deben someterse todos los seres humanos, cualquiera que fuese su actividad.

La palabra "deontología", procede - casi sin modificación - de la reunión de las palabras griegas "deontos" y "logos" y significa Teoría de los deberes, es decir, algo como Ética o Moral. Desde hace algún tiempo, sin embargo, en el uso académico, la palabra ha experimentado una importante restricción de significado, puesto que no se suele aplicar a la Ética o la Moral consideradas en general, sino a la ética o a la moral de las profesiones.(3)

Se habla así de Deontología médica, jurídica, técnica etc., considerándoselas como Morales especiales. Tradicionalmente no fueron consideradas más que como la aplicación de los principios universales de la moralidad a las diversas situaciones de la existencia profesional.

¿Qué es la bioética?

En los últimos años, en el campo específico de la Medicina aparece un nuevo término, la Bioética, que desplaza, o más bien reemplaza a la Ética Médica o Deontología Médica.

Históricamente la bioética ha surgido de la ética médica, centrada en la relación médico-paciente. Una definición que puede ayudarnos señala que la bioética es “el estudio sistemático de la conducta humana en el campo de las ciencias de la vida y el cuidado de la salud, en cuanto que esta conducta es examinada a la luz de los valores y principios morales” (6).

Hasta aquí, todo parece una cuestión semántica, de remozado, de “aggiornamento” de la terminología.

El problema de fondo, que se presenta de manera cada vez más acuciante, es si la Ciencia biológica -y en general, el modo científico de saber- es también una instancia ética de manera que todo lo que biológicamente pueda ser hecho, deba ser hecho o al menos sea justo hacerlo (cientificismo); o si, por el contrario, la Biología no es una instancia última sino un instrumento que puede ser bien o mal utilizado y que requiere, de forma terminante, ser puesto siempre al servicio de los verdaderos fines de la vida humana.(3)

Parece de una insoslayable esquizofrenia el hecho de que simultáneamente se practiquen en el mismo hospital, autorizados por el mismo comité de Bioética, abortos de hasta 20 semanas de edad gestacional, mientras en otro piso se luche denodadamente por hacer sobrevivir un recién nacido de 500g de peso, de una edad gestacional equiparable.

Una premisa fundamental para entender la importancia de estos hechos es aceptar que en las relaciones humanas no existen actos éticamente neutros. La práctica sanitaria es una actividad hecha por personas y para personas; es una ciencia humana que, al ser interpersonal, siempre tiene una dimensión ética. No existe la neutralidad. Podrán declararse diversos grados de trascendencia y valoración ética; pero, en cualquier caso, siempre la relación interpersonal es éticamente valorable.

Algunas escuelas actuales ven en la bioética, más que una búsqueda normativa, un método de análisis de los temas conflictivos que surgen en el ejercicio profesional, y postulan un imposible consenso que, con frecuencia aboca en una ética de mínimos. La llamada ética del discurso(7) defiende que una norma sólo es correcta si todos los afectados por ella están dispuestos a darle su consentimiento tras un diálogo celebrado en condiciones de simetría. A veces, da la impresión de que lo importante es ponerse de acuerdo, incluso en aquellas valoraciones en las que el problema ético no quede totalmente ajustado a su valoración objetiva.(1)

Así, por ejemplo por “consenso” el American College of Obstetrics and Gynecology (ACOG) define que el comienzo de la vida humana ocurre en el momento de la implantación del blastocisto en el endometrio, y no en el momento de la fecundación (unión del óvulo y el espermatozoide), gracioso eufemismo utilizado para absolver de “abortivos” al DIU (dispositivo intra-uterino) y las famosas “píldoras”, que, entre sus mecanismos de acción ejercen un efecto anti-nidatorio. Si el embrión no se puede implantar, entonces no hay vida humana. ¿Qué es entonces?.

El relativismo y el subjetivismo de los valores inducen entre los profesionales a una gran inseguridad en su ejercicio profesional: surgen dudas y se crean incertidumbres. Así se explica la creciente judicialización de la medicina y el progresivo incremento del número de publicaciones sobre medicina y derecho.

El médico pide al jurista que le señale con claridad el modo de actuar a fin de evitar procesos judiciales, vgr. con la correcta confección de solicitudes, previa explicación, del consentimiento del paciente ante cualquier técnica diagnóstica o terapéutica (medicina defensiva), pero se “olvida” de explicarle a sus pacientes los efectos anti-implantatorios de los métodos anticonceptivos antes citados, ya que muchos de ellos así alertados, rehusarían utilizarlos. (10, 11, 12, 13)

Botón para muestra: “Una historia, referente a los dispositivos intrauterinos, ilustra con precisión acerca de la táctica de volatilizar los problemas éticos mediante el manejo trucado del lenguaje. En un artículo de revisión (Tatum HJ, Connell EB. A decade of intrauterine contraception: 1976 to 1986. Fertil Steril 1986;46:173-192) los autores relatan como los DIUs fueron absueltos de la acusación de abortifacientes. Pero la acusación no es rechazada de un modo científico, aportando pruebas de que los diferentes tipos de DIUs actúen preconcepcionalmente o invalidando los datos que dan apoyo a la acción antinidatoria: la refutación se basa en una redefinición acomodaticia de las palabras: "As long as IUDs have been used for contraceptive purposes, there have been allegations that they act primarily as abortifacients. This concept has been publicized widely by certain religious groups who have therefore proscribed the IUD as an acceptable means of controlling fertility. However, accurate definitions of the terms 'pregnancy' and 'abortion' and recent scientific data should help to dispel this misconceptions and misinformation which have, in the past, clouded the entire issue of the contraceptive mechanism(s) of action of the IUD.

The American College of Obstetrics and Gynecology (ACOG) in 1972 published its book Obstetric-Gynecologic Terminology. In this text, 'conception' is defined as 'the implantation of the blastocyst.' It is not synonymous with fertilization. 'Pregnancy' is defined as the 'state of a female after conception and until termination of the gestation. [...] The same issues were addressed in September 1985 at the meeting of the International federation of Gynecology and Obstetrics (FIGO) in West Berlin. At that time, the Committee of Medical Aspects of Human Reproduction, chaired by M.F. Fathalla, M.D., of Egypt, was charged by the FIGO Board, in response to a request from the Worl Health Organization (WHO), to develop an accurate definition of pregnancy. The Committee agreed the following: 'Pregnancy is only established with the implantation of the fertilized ovum.' Based upon the above definitions of 'conception' and 'pregnancy,' an abortifacient acts to interrupt a pregnancy only following implantation. […]

It is to be hoped that these official definitions and the new scientific data will provide a realistic and scientific foundation for a clearer understanding of the mechanism(s) of action of IUD among the lay public, theologians, politicians, and health care providers in general."

La manipulación argumentativa es evidente: la redefinición de las palabras permite ignorar la realidad biológica y su significación moral. Algo fundamental ha sido escamoteado: los decisivos primeros días de la existencia flotante pero increíblemente activa del embrión preimplantado. Nada se dice sobre lo que pasa al embrión entre la fecundación y la anidación: ni de su entidad biológica ni de su rango ético. Parece que es suficiente que los expertos y las autoridades oficiales hayan decidido ignorar su existencia. Es esta una actitud acientífica, manipulativa, pues no se basa en la observación de los hechos, sino en su supresión parcial, caprichosa y voluntarista.”

Un ejemplo evidente del pragmatismo de nuestra cultura es aceptar como éticos aquellos comportamientos que sean legales. Es un sentir bastante generalizado entre los profesionales de la medicina que los temas conflictivos de nuestra práctica sanitaria quedan suficientemente debatidos, y por tanto adecuadamente resueltos, en el foro por excelencia de las sociedades democráticas: los parlamentos. Sin embargo, es fácil entender que la democracia no se puede convertir en el paradigma de la moralidad, la propuesta más votada en un parlamento no es siempre la mejor desde una perspectiva ética; su carácter moral no es automático, sino que depende de su conformidad con la ley moral a la que debe someterse como cualquier comportamiento humano.(1)

Es frecuente confundir despenalización con legalización. Una acción es legal cuando se mueve dentro de la normativa y cuando el que la realiza tiene derecho a ejecutarla; lo contraria a esa acción es ilegal. La despenalización quiere decir exonerar de la pena que correspondería por la realización de ese delito, cuando se cometa en unas circunstancias determinadas. Pero, en cualquier caso, debemos recordar que un acto, aunque sea legal o despenalizado, no supone garantía ética. Parece lógico defender que las normas éticas de la conducta profesional no las dicte el legislador desde fuera; sino que lo ideal sería que, además, sean asumidas como resultado de una seria reflexión personal, superando la perspectiva legal, que siendo importante es insuficiente. Acomodarse al pragmatismo legalidad-eticidad es renunciar a la posibilidad de ser coherentes con nuestras ideas a través del ejercicio de un deber: el de negarnos al cumplimiento de una ley injusta, y aceptar las consecuencias.

"Hay una sola causa verdadera para rehusar la obediencia: es el caso de un precepto manifiestamente contrario al derecho natural y divino, porque se trataría entonces de violar ora la ley natural, ora la voluntad de Dios; el mandamiento y la ejecución serían igualmente criminales. Si, por tanto, se encontrase uno reducido a la alternativa de violar las órdenes de Dios o las de los gobernantes, convendría seguir el precepto de Jesucristo, que "quiere que se dé al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios". (León XIII, DIUTURNUM).

Se ha de recordar que en estos casos sólo es lícito desobedecer las leyes injustas y no negar toda obediencia a los perseguidores, como enseñaba hermosamente San Agustín y repite León XIII (AU MILIEU DES SOLLICITUDES): Algunos poderes de la tierra son buenos y temen a Dios; otras veces no le temen. Juliano era un emperador infiel a Dios, un apóstata, un perverso, un idólatra. Los soldados cristianos sirvieron a este emperador infiel. Pero desde que se trataba de la causa de Jesucristo, no reconocían sino a Aquél que está en el cielo. ¿Juliano les prescribía honrar a los ídolos e incensarlos? Ponían a Dios por encima del príncipe. Pero les decía: "Alineaos para marchar contra esta nación enemiga". Al instante obedecían. Distinguían al Señor Eterno del señor temporal y, con todo, en vista del Señor Eterno, se sometían a un tal señor temporal. (15)

“La investigación con seres humanos, los trasplantes de órganos, la manipulación del código genético, la fecundación in vitro, la prolongación artificial de la vida y otras posibilidades de la técnica actual han suscitado problemas desconocidos hasta ahora. La necesidad de explicarlos adecuadamente y resolverlos de forma lúcida ha hecho aparecer, en nuestros días, con fuerza comparable a la magnitud de las dificultades, una disciplina nueva, la bioética.

La primera cuestión que nos debemos plantear es la conveniencia de que la bioética sea una disciplina nueva que necesite una ética actualizada para nuestro tiempo. Es necesario saber si el desarrollo y el avance de la técnica han invalidado y superado la ética tradicional, y si las ciencias de la salud en la actualidad demandan el nacimiento de unos nuevos principios éticos más apropiados y progresistas.

José Luis del Barco(8) lo expresa certeramente cuando afirma: «La bioética es, sencillamente, ética, sabiduría práctica sobre el modo de evitar que la vida humana se malogre. Lo realmente nuevo son las extraordinarias posibilidades técnicas de inmiscuirse en la vida, bien para promoverla y prestarle auxilio, bien para manipularla, degradarla o aniquilarla. En esa alternativa se trasluce la vieja idea de que la técnica sin ética es ciega.»

La respuesta, a nuestro juicio, es muy clara: el médico debe conocer y aplicar aquellos principios éticos intemporales de la ética humana sobre los que ha existido un claro consenso, por estar fundamentados en una ética natural, a pesar de que hayan cambiado las circunstancias derivadas del progreso científico.” (1)

Las publicaciones de Bioética se han multiplicado casi inabarcablemente, sobre todo en el ámbito de los países más influenciados por los avances de la técnica, es decir, en los países anglosajones. Puede decirse que la explosión de investigaciones y publicaciones sobre Bioética son un suceso propio de esta época, que acoge y expresa una de las características más propiamente peculiares de este tiempo nuestro calificado, un poco confusamente post-moderno, es decir, situado más allá -o "de vuelta"- de los sueños modernos de edificar, desde el racionalismo científico, un mundo plenamente adecuado a la humanidad del hombre. El fenómeno del post-modernismo nace del desencanto del proyecto de la modernidad, cuya pretensión se ha mostrado fallida. La Bioética es una de las realidades culturales propias de la post-modernidad.(3)

Conclusión:

De lo expuesto surge con claridad que la Bioética imperante es un burdo intento de reemplazar la Ética o Moral tradicional, basada en la recta razón y en el ejercicio de las virtudes morales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza (moral natural) iluminadas y elevadas por las virtudes teologales: Fe, Esperanza y Caridad (moral sobrenatural). A mi juicio es indispensable que volvamos a abrevar en las fuentes que dieron origen a nuestra civilización, para tratar de lograr el Bien Común temporal y, Gracia mediante, vivir eternamente en la Beatífica Visión.

“El conocimiento del alcance personal de los actos que el hombre realiza es condición de posibilidad para un actuar recto en la práctica. En este sentido, la racionalidad práctica moral que acompaña al hombre en su acción dictaminando sobre la licitud o ilicitud de sus actos, depende del conocimiento teórico, es decir, universal, sobre la cualidad moral propia de sus actos. Por esto enseñaba la tradición que el juicio moral práctico -que se denomina "juicio de conciencia" o simplemente "conciencia"- es la norma moral próxima, es decir, la referencia inmediata que encuentra la persona para actuar rectamente; pero que la conciencia debe ser verdadera, es decir, adecuada a la verdad sobre el hombre, sobre su dignidad absoluta, y sobre la implicación de esta dignidad en los actos concretos. Cuando esta implicación es reconocida, se advierte que es posible la formulación de preceptos morales de validez universal. Estos preceptos han de ser conocidos y constituir la referencia necesaria para los juicios prácticos en la acción.

Cuando, por el contrario, se niega la implicación de la dignidad de la persona en los actos, se negará igualmente la posibilidad de preceptos morales universales, y la primacía de la orientación en la conducta quedará confiada a la razón práctica "en situación": la Etica decaerá en situacionismo, o utilitarismo, o consecuencialismo, que, como hemos visto, suponen una restricción arbitraria de la mirada sobre el sentido de la realidad.”(3)

Concluyo con una cita de Josef Pieper:

“La imagen cristiana del hombre y la Moral en Santo Tomás de Aquino

La respuesta a la cuestión de la imagen auténtica del hombre cristiano puede concretarse en una frase; más aún: en una palabra: Cristo. El cristiano debe ser «otro Cristo»; debe ser perfecto como lo es el Padre; pero este concepto de perfección cristiana es infinitamente amplio, y por eso mismo es difícil de aclarar: requiere, por tanto, la concreción y exige una interpretación. Sin tal interpretación, que se apoye en la esencia empírica del hombre y en la realidad, es­taría expuesto continuamente al abuso y al error por una sobresatura­ción contraria a su esencia. No es posible pasar, sin más ni más, de la situación concretísima del hacer al último y más alto ideal de la perfección.

Precisamente a estas palabras de la Escritura: «Sed perfectos como vuestro Padre que está en los Cielos», a esta formulación de la imagen ideal del cristiano ha preferido el cuarto Concilio de Letrán su célebre tesis de la analogia entis: «Inter Creatorem et creaturam non potest tanta similitudo notari, quin inter eos maior sit dissimilitudo notanda». (No se puede señalar entre Creador y criatura una seme­janza tan grande, que impida observar entre ellos una desemejanza mucho mayor).

Esta frase se opone a la idea de un «endiosamiento» demasiado inmediato del hombre. El hombre, así como el perfecto cristiano, permanece criatura, esto es, ser finito aun en la vida eterna. Existe, ciertamente, más de una posibilidad legítima de interpretar esta idea verdadera del cristiano no sólo histórica, sino también teóricamente. Así existirá una forma occidental y otra oriental de interpretar esta idea cristiana del hombre. Santo Tomás de Aquino, el gran maestro de la cristiandad occidental, expreso la idea cristiana del hombre en siete tesis que cabe formular de la siguiente forma:

Primero. El cristiano es un hombre que, por la fe, llega al conocimiento de la realidad del Dios uno y trino.

Segundo. El cristiano anhela —en la esperanza— la plenitud definitiva de su ser en la vida eterna.

Tercero. El cristiano se orienta —en la virtud teologal de la ca­ridad— hacia Dios y su prójimo con una aceptación que sobrepasa toda fuerza de amor natural.

Cuarto. El cristiano es prudente, es decir, no deja enturbiar su visión de la realidad por el sí o el no de la voluntad, sino que hace depender el sí o el no de ésta de la verdad de las cosas.

Quinto. El cristiano es justo, es decir, puede vivir en la verdad con el prójimo; se sabe miembro entre miembros en la Iglesia, en el Pueblo y en toda Comunidad.

Sexto. El cristiano es fuerte, es decir, está dispuesto a sacrifi­carse y, si es preciso, aceptar la muerte por la implantación de la justicia.

Séptimo. El cristiano es comedido, es decir, no permite que su ambición y afán de placer llegue a obrar desordenadamente y antinaturalmente.

En estas siete tesis se refleja que la moral de la teología clásica, como exposición de la idea del hombre, es esencialmente una doctrina de las virtudes; interpreta las palabras de la Escritura acerca de la perfección mediante la imagen séptuple de las tres virtudes teologales y las cuatro cardinales.

El devolver a su forma original a la concien­cia universal de nuestra época la imagen grandiosa del hombre, que está ya descolorida, y, lo que es peor, desfigurada, no es tarea que carezca de importancia, a mi parecer. La razón no es precisamente un interés «histórico», sino más bien porque esta interpretación de la idea del hombre no sólo se conserva válida, sino que para nosotros es vital afirmarla y contemplarla de nuevo con claridad.” (4)

El humanismo antropocéntrico y descristianizado, el racionalismo, el positivismo, el materialismo, y todos los reduccionismos perseguidos en los últimos tres siglos, nos han sumido en un marasmo del cual solamente podremos salir a través de la recuperación del realismo aristotélico-tomista, con la mirada y el corazón puestos en Jesucristo Nuestro Señor: Camino, Verdad y Vida.



Bibliografía


1.- Fernández-Crehuet Navajas, J: Etica frente a Bioética. Med Clin (Barc) 1999; 112: 64-66

2.- Jolivet, R.: Curso de Filosofía. Desclée de Brouwer. Imprenta Balmes, Buenos Aires, 1961.

3.- A. Ruiz Retegui: Naturaleza ética de la libertad humana. En: Natalia López Moratalla y otros: Deontología Biológica. Facultad de Ciencias. Universidad de Navarra. ISBN 84-600-5259-1. Eurograf, S. L. Trasera Ochoa de Alda, s/n. Pamplona (España).

4.- Pieper,J.: Las Virtudes Fundamentales. Ediciones Rialp SA. 1980. Madrid. España.

5. Strauss, L. "Natural Right and History". University of Chicago Press. Chicago, 1953, pp. 81-119. citado por Ruiz Retegui, A. op. cit.

6.- W.T. Reich (ed.), Encyclopedia of Bioethics I. The Free Press, New York 1978, XIX.

7.- Cortina A.: Razón comunicativa y responsabilidad solidaria. Salamanca: Sígueme, 1985 y Ética mínima. Madrid: Tecnos, 1986. Citado por Fernández-Crehuet Navajas, J. op. cit.

8.- Del Barco JL.: Presentación. Anuario Filosófico 1994; 27: 9-13. Citado por Fernández-Crehuet Navajas, J. op. cit.

9.- Herranz, G.: Las píldoras contraceptivas modernas: ¿incluyen en su mecanismo de acción un efecto abortifaciente?. Departamento de Humanidades Biomédicas. Facultades de Medicina, Ciencias y Farmacia. Universidad de Navarra. http://www.unav.es/cdb/dhbghefecto.html

10.- Mc GAUGHRAN ALAN L. M.D.: Oral Contraceptives and Prevention of Implantation. American Family Physician. Volume 61 • Number 9 • May 1, 2000n. Copyright © 2000 American Academy of Family Physicians.

11.- Larimore, Walter L., MD; Stanford, Joseph B., MD, MSPH: Postfertilization Effects of Oral Contraceptives and Their Relationship to Informed Consent. ARCH FAM MED/VOL 9, FEB 2000. ©2000 American Medical Association. All rights reserved.

12.- Spinnato, Joseph A. II, MD: Mechanism of action of intrauterine contraceptive devices and its relation to informed consent .American Journal of Obstetrics and Gynecology. March 1997 • Volume 176 • Number 3

13.- Stanford, Joseph B., MD, MSPH,a and Mikolajczyk, Rafael T. , MDb: Mechanisms of action of intrauterine devices: Update and estimation of postfertilization effects. Am J Obstet Gynecol 2002;187:1699-708

14.- Peinador Navarro, A., CMF: Tratado de Moral Profesional. B.A.C. Vol. 215. 1962. Madrid.

15.- Meinvielle, R.P. Julio: Concepción católica de la Política. 3ª Edición, Ediciones Dictio, Buenos Aires, 1974, pp 39,40

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