viernes, 19 de diciembre de 2008

La desmaterialización de la materia.


por el
Dr.Raúl Leguizamón

Tomado del Blog de Cabildo




odo marchaba fantástico hasta la segunda mitad del siglo XIX. Era la época oro del materialismo clásico. Con su reduccionismo a ultranza, sus certezas absolutas, su determinismo inexorable, su infantil ingenuidad. Era, aparentemente, el triunfo de Laplace, de La Mettrie, de D'Holbach, de Karl Vogt, de Ludwig Büchner, de Darwin… Una época en la que se creía que los átomos eran pequeñísimos corpúsculos materiales sin misterios; las células, “bolsitas” de proteínas, y el pensamiento una “secreción” de las neuronas. La Edad de Oro del racionalismo del siglo XVIII. Pero la realidad es “reaccionaria”, como decía Lenín.

A partir de la segunda mitad del siglo XIX, los campos de fuerzas electromagnéticas de Maxwell, presentaron una realidad empírica que escapaba por completo a las interacciones materiales entre partículas. Lo cual representaba un cuestionamiento fundamental a la Física del siglo XIX, que pretendía explicar toda la realidad sobre la base de las propiedades extensivas de la materia, pero, debido a los prejuicios filosóficos materialistas dominantes, esto se consideró sólo como una pequeña fisura en el sólido edificio de la ciencia moderna. Nadie podía prever el cataclismo que se avecinaba.

El 14 de diciembre del año 1900, Max Planck, Profesor de Física de la Universidad de Berlín, dejaba caer la bomba. Después de muchas vacilaciones, debidas a su formulación en la Física clásica, este autor demostraba la discontinuidad de la emisión y la absorción de la energía, iniciando, de esta manera, lo que se ha dado en llamar “la revolución cuántica” de la Física, que obligó a repensar toda la Física a nivel atómico. Y la catástrofe continuó.

En 1924, Louis de Broglie demostraba que los electrones podían ser considerados como corpúsculos materiales —según ciertas condiciones— y también como ondas —según otras— y, poco después, en 1927, uno de los más brillantes físicos de la historia, el alemán Werner Heisenberg, con su “principio de incertidumbre”, demostraba que la causalidad que existe en la naturaleza, no es determinista sino sólo probabilística, abriendo de esta manera las puertas del pensamiento científico a la posibilidad, entre otras cosas, de la fundamentación neurofisiológica del libre albedrío. Finalmente, en 1938, el físico alemán Otto Hähn descubría la fisión atómica. Es decir que esa materia, aparentemente tan compacta, concreta, racional, “evidente”, reverenciada por todo el positivismo del siglo XVIII y XIX, se desmaterializaba. Hoy ya nadie sabe, en el sentido de conocimiento cierto, lo que es el átomo. Se trata, en última instancia, de un modelo matemático, que intenta explicar misteriosas localizaciones de energía. Que tampoco sabe nadie lo que es.

La Física moderna no ha vuelto a Demócrito, como nos dicen. Ha vuelto a Platón. Quien sostenía, digamos de paso —y con ferviente deseo— que había que quemar todas las obras de Demócrito sin dilación… (Un verdadero “nazi” este Platón, caramba). Cabe aclarar —como expresa Heisenberg— que los átomos de Platón no eran para nada corpúsculos materiales (como los de Demócrito), sino formas geométricas —compuestas por triángulos— que expresaban las ideas subyacentes de la materia. De este modo pudo escapar Platón al problema de la indefinida divisibilidad de la materia, porque en cuanto formas bidimensionales, los triángulos no eran cuerpos propiamente tales, ni tampoco materia. Por consiguiente, en el extremo inferior, el concepto de materia se resolvía en el de formas matemáticas.

La ciencia moderna es “un mundo de sombras y de símbolos”, decía bellamente Sir Arthur Eddington, el eminente astrofísico inglés. Lo cual significa, hablando en criollo, que la ciencia no puede ponernos en contacto directo con el misterio último de la realidad. Como se ve, la versión moderna de la alegoría de la caverna. Para completar el derrumbe de la visión materialista de la naturaleza, en el siglo XX se produce el descubrimiento del código genético, que demuestra en forma inapelable, que en el principio de la vida hay un mensaje, es decir, el producto de una Inteligencia. A lo que se suma el desplome del darwinismo, incapaz de enfrentar ya la montaña de contradicciones y de absurdos puestos de manifiesto en dicha hipótesis, por los modernos descubrimientos científicos y también por un análisis epistemológico serio que, aunque parezca increíble, no se había realizado durante más de un siglo. La ciencia moderna, sobre todo gracias a la Física y a la Biología, y a través de sus pensadores más eminentes, está comenzando a reconocer sus límites. Que era todo lo que se necesitaba para volver a una recta filosofía de la naturaleza. ¡Pero claro! La filosofía siempre prima sobre la ciencia.

Y así, la misma corriente de pensamiento que sostenía, en el siglo XIX, que la ciencia “demostraba” la inexistencia del espíritu, sostiene ahora —cuando se ha dado vuelta la tortilla— que la ciencia no puede demostrar su existencia, pues no se debe trasladar al plano de la filosofía, lo que es propio de la ciencia.

Lo cual es una verdad a medias en su formulación, y una falsedad total en su conclusión. Es cierto que la ciencia no puede demostrar en forma directa (o sea, aplicando el método experimental) la existencia de Dios. Claro que no. Pero sí puede hacerlo en forma indirecta. Esto es, demostrando la necesidad de su existencia, a través del absurdo de su ausencia. Una ausencia tan elocuente, como la silla vacía del abuelo difunto en la mesa familiar. Como una obra de arte sin un artista. Como un papiro sin un copista. Como una herradura sin un herrero. Como un reloj sin relojero. Absurdos, todos, de una ausencia e indicativos de una presencia. Sin la cual, lo otro no se puede concebir. Como sin Sol la alborada. Como sin ojos una mirada. Como sin pies una pisada. Que en eso ha consistido siempre la verdadera ciencia. En descifrar, con reverencia y admiración, las huellas de Dios en la naturaleza.

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