martes, 29 de julio de 2008

El humanismo yankee


por el Dr. Raúl Leguizamón (para conocer algunos datos biográficos del autor haga click sobre la imagen)


Tomado de Cabildo

Nuestra época tiene el inédito privilegio de ser no sólo la más cruel e impiadosa de la historia, sino también la más hipócrita. Hace un tiempo fuimos varios los que nos sentimos conmovidos con una noticia escalofriante. En Irlanda del Norte, y durante más de medio siglo (!) los órganos de 361 niños fallecidos, fueron extraídos, sin consentimiento de sus padres, para efectuar una serie de investigaciones científicas. Un año antes, similares escándalos se habían registrado en hospitales de Liverpool y Bristol.(1) Unos días después, las noticias fueron aún más explícitas, y así nos enteramos de que en la década del '90, un hospital británico traspasaba a un laboratorio farmacéutico, a cambio de donaciones económicas, glándulas de niños vivos (!!) sin que lo supiesen los padres. Esto ocurrió entre 1991 y 1993, aseveró un portavoz del hospital involucrado (Alder Hey, de la ciudad de Liverpool).(2) La misma fuente admitió que, a principios de esa década, el hospital entregó a una firma farmacéutica, “desechos quirúrgicos”, tales como tejidos del timo, un órgano linfoide cercano al corazón y de gran importancia para la regulación del sistema inmunológico. Los laboratorios Aventis Pasteur, partícipes del plan de erradicación global de la Polio, de la Organización Mundial de la Salud, admitieron que en el período mencionado, donaron dinero al hospital a cambio de tejidos humanos. Pero la cosa no termina ahí.

Como una vez más informa la prensa, los cuerpos de aproximadamente 6.000 bebés nacidos muertos, procedentes de Hong Kong, Australia, Canadá y Sudamérica, fueron utilizados —sin que sus padres lo supieran— para experimentos nucleares realizados en Estados Unidos. Desde los años cincuenta, según documentos secretos, hace tiempo ya difundidos por el semanario londinense “The Observer”.(3) Hasta aquí las estimulantes noticias periodísticas. Esto para no hablar del horror del famoso experimento de Tuskegee, una localidad del estado de Alabama, Estados Unidos, donde 430 pacientes negros que padecían sífilis, fueron mantenidos sin tratamiento, desde 1932, para estudiar el curso natural de la enfermedad y cuyos últimos sobrevivientes murieron hace algunos años. Esto nos demuestra una vez más, hasta qué punto puede llegar la trenza médicos-investigadores-laboratorios, cuando hay intereses económicos o de prestigio académico en juego, un horror que no admite paliativos. Lo mismo que la clonación de embriones humanos “con fines terapéuticos”.

Por cierto que el ciudadano corriente se anestesia con el cuento de que gracias al conocimiento adquirido con estas aberraciones, se eliminarán la enfermedad de Parkinson, el Alzheimer, la senectud, la arterioesclerosis, la diabetes, la impotencia, la frigidez, el mal humor, el mal aliento, la celulitis, la pata de cabra, y hasta el empacho. Pero esto es puro verso. Estamos a años luz de poder remediar estas afecciones, y desafío a cualquier médico, o investigador, a demostrar lo contrario. El asunto es proveer carne humana a los biócratas, que no vacilan en asumir el papel de “demiurgos”, para lograr sus mezquinos y criminales objetivos de prestigio académico y beneficio financiero. Y pensar que fueron justamente los representantes de estos países, Estados Unidos y Gran Bretaña los que se erigieron en implacables jueces e impolutos doctores de moral y ética médica, en la gran farsa jurídica de Nüremberg, llegando, en su nauseabunda hipocresía, a crear un “Código de Ética Médica” (El Código de Nüremberg) para juzgar como crimen lo que ellos ya estaban llevando a cabo, durante todo este tiempo. Y esto a una escala muchísimo mayor de lo que jamás hubieran soñado los médicos “nazis”, sean cuales hayan sido sus reales o supuestos delitos.

Las malas ideas tienen consecuencias. Si uno considera que el hombre es simplemente un conjunto de moléculas ensambladas al azar —según predica la insensatez anticientífica del evolucionismo darwinista (que lamentablemente forma el núcleo de la cosmovisión del “establishment” científico)— entonces, ¿cuál sería la razón para no tratar al ser humano como material de experimentación y de comercio? Si el hombre no posee un alma de naturaleza espiritual que lo hace sujeto de un destino trascendente, ¿por qué no tratarlo como un animal más, al que se puede matar, clonar, esterilizar, y degradar, sometiéndolo a las más infames formas de manipulación, comercio y esclavitud? Aquí no hay alternativas. Todo depende de la concepción que se tenga del hombre. Lo demás es humo y discursos. Toda la charlatanería de los supuestos “derechos humanos” basados en altisonantes “juramentos” de Ginebra, Códigos de Helsinski o Declaraciones de la O.N.U. se derrumba ante la contundencia brutal de los hechos. Se engañan —a mi juicio— los bioeticistas que pretenden establecer pautas éticas y profesionales “humanas” dentro de los parámetros de la actual concepción del hombre, que son esencialmente inhumanos, para aceptar dogmáticamente una visión materialista atea de la realidad.

Para colmo, mucha gente tiene la idea del científico, como la de un sacerdote vestido de blanco, que sólo busca el bienestar de la humanidad independientemente de todo egoísmo personal.

¡Qué engaño, por Zeus! Es preciso ser muy, pero muy ingenuo, y desconocer totalmente el mundillo científico por dentro, para creer semejante disparate. No pocos científicos están más que dispuestos a experimentar con su misma madre, si con ello pudieran lograr alguna promoción académica.

Además de la generalizada falta de sentido moral de los científicos, no debemos olvidar tampoco que una buena cantidad de investigadores son seres “no sólo obtusos y de mentalidad estrecha, sino, también, simplemente estúpidos”. Si estas palabras le parecen un poco duras, lector, hago la salvedad de que no son mías, sino de alguien que conoce bien el paño, pues son nada menos que de James Watson, el codescubridor de la estructura molecular del ADN.(4) Para no recordar lo que decía Ortega y Gasset al respecto.(5) Y ya sabemos que la estupidez humana sumada a la soberbia, es una de las mezclas más peligrosas y explosivas que pueden existir. Pero el asunto principal no es éste. La verdadera cuestión es ¿hasta cuándo vamos a tolerar los ciudadanos comunes, que estos aprendices de brujo usufructúen los fondos del estado para el logro de sus ansias personales de prestigio y poder?

¡Hay que controlar a los científicos! Con esto no quiero decir por cierto que haya que controlarlos como a delincuentes comunes. Naturalmente que hay que controlarlos mucho más, puesto que la capacidad de hacer daño es infinitamente más grande. ¿Cómo puede ser que en un momento en que la sociedad pone límites a la acción de todos los estamentos sociales, sigamos bobaliconamente aceptando los pronunciamientos de los científicos como si fueran la palabra de Dios? ¿Pero somos “Homo Sapiens”, o acaso sólo “Homo Idiotensis”? ¿Hasta cuándo vamos a tolerar estas atrocidades?

Raúl Leguizamón

Notas:
(1) “La Voz del Interior”, del 13 de enero de 2001, pág. 17 A.
(2) “La Voz del Interior”, del 27 de enero de 2001, pág. 13 A.
(3) “La Voz del Interior”, del 7 de junio de 2001, pág. 27 A.
(4) James Watson: “La doble hélice”, Plaza y Janés, 1978, pág. 30.
(5) José Ortega y Gasset: “La rebelión de las masas”, ed. El Arquero, 1975, págs. 171/175.

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